Flexos, vídeos y rosarios.

Durante mi etapa estudiantil, la cual estoy convencido que todavía no ha terminado, he acudido a escuelas, colegios e institutos de todo tipo: públicos, concertados y hasta privados. Sin duda, este último, el privado, me ha causado la peor impresión. Llegué a él a una edad en la que la madurez es una quimera, en la que no te planteas tu futuro a diez años vista, sólo lo qué harás al llegar a casa por la tarde. Si ir al campo de fútbol a pelarte las rodillas, a dejarte los pulgares con el joystick del mando de la videoconsola o a que el viento diese demasiada vida al cabello dando una vuelta en bicicleta.

Las primeras impresiones al llegar allí a matricularme fueron buenas, siendo esto algo normal en la mayoría de lugares. Gente muy amable, cualquier duda te la solventaban. Eso sí, quizá un poco “estirada” con respecto a las personas con las que solía tratar normalmente. No diré el nombre del colegio por motivos obvios, sería un gesto poco inteligente por mi parte, debo cubrirme las espaldas.

Una vez comenzaron las clases, todo iba bien. Me gustaba lo que estaba estudiando y la relación con los compañeros era buena, compañeros, si, porque es un centro que separa a los alumnos por sexos. El trato con los profesores quizá era demasiado respetuoso, costó adaptarse a llamar de “Don” al profesor, medida que me parece respetuosa solo de cara a la galería, ya que los “Don” irónicos hacia ellos eran la constante, aunque ellos no se diesen cuenta, o quizá si.

Las cosas comienzan a torcerse a mitad de una clase en la que entra un profesor que en ese momento estaba sin actividad lectiva y me pide que salga, que un cura quiere hablar conmigo. Este me acompaña hasta un despacho. Sabía donde me había metido a pesar de como ya he dicho, mi poca cabeza, pero no creía que hasta los que cursaban Ciclos tuviesen que pasar por eso. La charla con el sacerdote fue entretenida, hasta charlamos de ciclismo la primera vez, exponiendo cual era el ídolo de cada uno y vivencias propias encima de los pedales. Hasta me recomendó un equipo, del cual descubrí un tiempo después que su director es un miembro muy activo del Opus. Ese mismo pretexto también tomó parte en la segunda conversación, pero en menor medida. Pasamos de hablar del Giro de ese año, de lo excelente escalador que era Simoni, de la sorpresa Andy Schleck, de Di Luca… a hablar, bueno, a hablarme sin tapujos de lo que es uno de los objetivos de este tipo de centros escolares más allá de enseñar a los alumnos a cambio de una generosa suma de dinero. Esta era La Obra, Escrivá de Balaguer, religión. Captación. Secta. Tras esto, cada vez que me sacaban de clase, las charlas se volvían cada vez más incómodas, se convertían en auténticos interrogatorios. La escena hacía honor al hecho. Una sala, un flexo, una mesa de despacho, y una persona que busca la debilidad de las demás para atraparlas en su red. Llegaron a preguntarme cuánto dinero ganaban mis padres.

Pero su causa no termina en los interrogatorios, sino también alcanza y está integrada en las materias que se dan. Existía una asignatura en el Ciclo que jamás volvía ver en los demás módulos que he cursado. El objetivo de esta asignatura era “formarte como persona”. Como comenté antes, al principio bien, pero llegó a puntos inaceptables hasta para mentes inmaduras y casi vacías. En esa asignatura, recuerdo sesiones de vídeo en las que tenía que aguantar como una mujer proclamaba que el aborto era lo peor que puede hacer una mujer, que estaba mal, que era delito, que era un sacrilegio. Esa misma mujer relataba que había sido víctima de una violación, y que decidió dar a luz al niño que propició la agresión porque la vida era algo maravilloso. Otro hecho que recuerdo, igual de repugnante que lo anterior, constaba en la siguiente teoría: tras otra larga sesión de vídeo, edulcorado y manipulado, sin hechos como la “noche de los cuchillos largos” ni el holocausto, mostrando la trayectoria de Hitler como estandarte germano surgió la teoría de que este dictador fue bueno para Alemania. Esta afirmación no sólo salió de la boca del profesor, por llamarle de alguna manera, sino de varios compañeros la apoyaron e incluso plantearon un mundo después de la II Guerra Mundial con un final contrario a la realidad. También era destacable la admiración que promulgaba otro profesor hacia Primo de Rivera también era notable, cualquier momento era bueno para sacar a relucir sus citas.

Me harté y decidí que eso no iba conmigo. Me negué a continuar recibiendo esa doctrina antinatura y retrógrada, me negué a acudir a esos interrogatorios y a continuar en esa asignatura, a pesar de recibir varias reprimendas y amenazas de expulsión. Eso sí, amenazas discretas ya que solían decírmelo cuando me encontraba solo en los descansos o al salir de los baños. No sucumbí, Les demostré que no era captable a pesar de las apariencias y terminé el ciclo por amor propio, lo cual no sé si fue una buena decisión. Algunos de los alumnos que compartían Ciclo conmigo con el paso del tiempo se convirtieron en habituales de esos interrogatorios y demás actividades que proponía el centro. Como meditaciones, en las que supongo serían una ampliación de los interrogatorios exprés entre clases. O excursiones en cuyos folletos se fomentaban actividades laicas pero omitían lo de rezar el rosario o el Ángelus. Excursiones en las que iba la mayoría, y como iba la mayoría, pues también ibas, aunque no era mi caso. Cuando se promocionaron en mi aula le había quitado la careta al centro y a sus promotores.

Por lo demás, no se diferenciaba mucho de lo que he vivido en centros públicos o concertados. Incluso me dejó un sinsabor mayor. Bajo esa apariencia pulcra y correcta del uniforme que lucían los hijos de la jet-set y gentes adineradas de la zona, existían unos modales escasos y un lenguaje demasiado soez y sobretodo, ofensivo. No hablo únicamente de adolescentes malencarados, sino que a edades tempranas los insultos y peleas eran lo típico en los autobuses, siendo jaleadas estas, cómo no, por los más mayores. He visto cosas como mochilas llenas de marihuana y cómo se vendía a la vista de todos en recreos. Pastillas de hachís de medio kilo siendo cortadas en clase a navaja, o baños en los que el humo formaba una niebla densa.

En fin, a pesar de todo saqué algo de provecho. Aprendí a saber cuando me comen la cabeza y a informarme bien antes de acudir a un lugar desconocido, ya sea un colegio, una empresa, u otros emplazamientos.

Otro día a lo mejor puede que explique qué me llevó a terminar en tal horrendo lugar.

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