Cadáveres, suicidas, pasteles y chupito.

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Uno no es profeta en su tierra. Hasta la fecha había acudido a unas cuantas marchas cicloturistas pero jamás a la que tengo más cerca de casa, la Álvaro Pino. Siempre había rehusado de participar debido a que este tipo de pruebas van más allá de una simple marcha neutralizada y controlada. Es una carrera, la gente demarra nada más traspasar la pancarta que separa la compacta tranquilidad del neutralizado de un recorrido libre donde se puede decir que es  “maricón el último” y si no te acoplas a un grupo lo pasarás muy pero que muy mal.

Como cualquier otra edición pasada, no iba a tomar parte en ella a pesar de conocer al dedillo los recorridos, pero como a veces nos ocurre en la vida, las cosas pueden cambiar. En este 2014 la Álvaro Pino cambiaba de fecha y de organizador, así que era de esperar alguna novedad o variante no muy significativa, ya que parte de los nuevos organizadores eran una escisión del club que antes se encargaba de todo. Ocurrió todo lo contrario: recorrido totalmente diferente y el invitado de mayor caché que recordaba, Miguel Indurain. Con estos nuevos ingredientes, mi decisión seguía firme, no tomaría parte ya que no me encontraba en un estado de forma óptimo para afrontar los casi 140km del nuevo recorrido. Sí, ya sé que también está el recorrido corto de 102 km pero ante las dos opciones mi corazón pide retos grandes.

En el primer entrenamiento de fondo del año, hablamos de abril, a poco más de mes y medio para la cita, me encontré camino a Baiona entre un viento fuerte del norte y unas vistas espectaculares del recto litoral que va desde Cabo Silleiro hasta la desembocadura del Miño, a un miembro organizador de la marcha. Iba a rebasarle y seguir mi camino, eso si, sin antes saludarle cordialmente, costumbre que por desgracia no suelen seguir todos los cicloturistas. Somos pocos y nos tienen puteados, ¿qué menos que saludarnos o darnos ánimos para continuar nuestro camino? Continuemos con el relato, lo rebaso, saludo, pero antes de volver a bajar la cabeza me grita que quite el plato y vayamos a relevos, que a Baiona no iba a llegar bien con tal ritmo. Tenía razón, a la vista del Parador iba con calambres. Camino a casa, me comentó los cambios en la marcha: el nuevo lugar de salida, los avituallamientos, y además me advirtió de los 4 km finales de la subida a Oroso, con rampas de más del 19%. En definitiva, esos más de 65km forjaron una nueva amistad. Continuaron los días de fondo. Días de 5 horas sobre la bicicleta y más de 130 km con mi nuevo amigo. Poco a poco, regulando para no sufrir, y compartiendo anécdotas sobre la bici. Finalmente terminó por convencerme a realizar la marcha, tarea ardua y digna de admiración porque suelo ser un tipo tozudo.IMG_4249

Con casi 2000 km desde ese día de fondo y viento como preparación previa para la marcha. Una marcha que comenzaba el día anterior con varios actos con Miguelón: una bienvenida en el ayuntamiento, una ofrenda floral en un monumento dedicado a su figura y una charla-coloquio. Antes de eso, recogida de dorsal y un par de recados, entre ellos la adquisición de unos nuevos guantes Giro y unos cubrezapatillas para los días de lluvia. Tras ello, el panorama alrededor del podio donde se realizarían los actos con el invitado había cambiado. De estar desierto, a ser una manada de niños y no tan niños rodeando a un Indurain que no sabía hacia donde posar para la foto porque el trasiego de gente era impresionante. Luego de unos diez minutos, la ofrenda floral. Unos 400m desde el podio hasta el monumento que se convirtieron en una especie de procesión. El santo Indurain delante de los focos y con paciencia infinita atendiendo las peticiones de todos aquellos que se acercaban a él. Para terminar, el coloquio fue corto, y la presencia de público menguó debido a la hora (casi las 9 de la noche) y una temperatura impropia del mes de mayo que obligaba a ponerse la chaqueta para no acabar resfriado. No lo hice, un fino jersey era mi única prenda de abrigo y lo acabé pagando. De vuelta a casa, solo un par de horas para acabar de preparar todo: revisar cambio y desviador, engrasar cadena, la presión de los neumáticos, ruedas centradas, etc. Pero cuando parece que todo está listo siempre nos olvida algo, depilar las piernas. Hay que lucirlas.

La noche previa fue la antítesis de como se debe llegar a una carrera, en este caso, encubierta. El frío del acto con Indurain me había afectado. Los elementos de la ecuación, resolvían la incógnita: tos, cuerpo destemplado, estornudos. Sí, resfriado. A las 8 tocaba diana y solo cuatro horas de sueño eran mi aval para soportar los 136 km. Una vez despierto las sensaciones eran mejores que durante la noche, así que desayuno potente, ropa térmica, y al lío. Una marea de más de 500 ciclistas asomaba delante del ayuntamiento para traspasar la línea de salida. Partimos con 10 minutos de retraso debido a la presentación de los invitados además del susodicho Indurain: Mosquera, Veloso, Marque, Teixeira, Jorge Otero, entre otros. 35an0h5

 

El retraso parece que se compensó en el neutralizado hasta Mondariz, los 25 km/h previstos pasaron a convertirse en 30 para estirar el pelotón de cara a subir Xunqueiras, el primer obstáculo del día. La clave era regular, pero al ver que la gente iba rápido y hasta metía el manillar, decidí que en esos 8 km de subida el regular y guardar no me vendrían bien para afrontar el recorrido largo con la confianza de no ser cazado por el coche escoba. Una vez acoplado en un grupo, llegó el punto de corte. Cruce a la izquierda en Gaxate y a por los últimos 100 km. Muchos compañeros de grupeta decidieron tomar el otro recorrido así que entre 7 a realizar los 23 tendidos kilómetros hasta Portela da Cruz, justo en la frontera de las provincias de Pontevedra y Ourense. De los 7, 4 eran del mismo club, sabían relevar y llevar un ritmo incómodo para mis piernas. Las sensaciones no eran buenas, 50 km encima de la bici, ya había perdido la rueda con el grupo, y temía una travesía tortuosa en solitario. Había que tirar de casta y sobretodo de riñón. Agua, la primera barrita del día, un par de dientes menos, fuerza e ímpetu. Lo conseguí, al final de puerto enlacé con los 6. Llegó el avituallamiento, menos mal.

Tras ese momento de relax próximo al aeródromo de Beariz, el grupo se deshizo, los 4 del club decidieron no esperar y los 3 que nos habíamos quedado reponiendo fuerzas nos aliamos para afrontar un descenso que no era peligroso, pero sí lo era la rugosidad del asfalto. Al menos a mi me lo parecía, ya que las bajadas no son para nada mi punto fuerte. Los repechos eran mi salvación, contacté de nuevo y de ahí todos juntos por Beariz, ya en un asfalto en buenas condiciones, camino del punto fuerte del día, Oroso. Carretera rugosa y odiosa de nuevo, y las miradas entre los tres tras ver el cartel de inicio de puerto fueron una mezcla entre escepticismo, miedo, y sobretodo de ánimo: 9,9 km, pendiente media de un 9% y rampas duras, muy duras. El inicio no auguraba sufrimiento, me encargo de tirar del grupo, y tras un par de curvas de herradura, atisbamos la primera rampa del 19%. Tras la segunda curva, ya en un auténtico zigzag, otra rampa del 19% y un reguero de cadáveres: ciclistas sentados en las cunetas, otros que llevan la bicicleta de la mano, y otros, como mi caso, viendo caer una lluvia de sudor desde la visera del casco. Cada uno como puede termina los 4 km. Lo única satisfacción que saqué de la ascensión fue el no sufrir con la temperatura. Segundo avituallamiento, mucho más rápido que el primero para seguir ahora ya totalmente en solitario.

(Este primer vídeo muestra el inicio de la marcha. El final de la subida a Xunqueiras, el trayecto por Portela da Cruz hasta Beariz, y termina con la parte menos dura de la subida a Oroso. Si por un casual me buscáis, estoy en los minutos 2:30-2:34, y 8:55-9:00 hundiendo la cabeza cual Froome mirando su SRM.)

De vuelta en la provincia de Pontevedra, dejo atrás el terreno desconocido y se afronta el camino a Moncelos, puerto que conozco. Doy algún consejo y describo el terreno que queda a los ciclistas que voy superando, terminando mis pequeños discursos con una sonrisa y un “ya queda menos”. Pero además del sufrimiento, también hay cabida para los sustos. El descenso ya no es rugoso, pero si sinuoso. Mi prudencia se ve alterada por un par de ciclistas veteranos que, sin miedo a la muerte, deben tener asumido que si han de fallecer que sea haciendo lo que más les gusta, estar lejos de sus mujeres. Posteriormente, en el comienzo de la subida, los atrapo, y pongo un ritmo continuo hasta que se descuelgan de mi rueda. No tiene una gran dificultad, pero los kilómetros pesan y la marca que termino realizando queda lejos de mi mejor tiempo. Tercer avituallamiento. Agua, un plátano, y a bajar con ganas. Convencido, son apenas 5 km hasta el final de la última cota, Fontefría, a 790m de altura. Engancho con un nuevo grupo, entre los que está la primera chica en terminar el recorrido de 136 km, a partir de ahí, los últimos 22 km de descenso en el que hay que dar muchos, pero que muchos pedales. Relevos rápidos y buena velocidad, hasta que en el último repecho afrontándolo en cabeza del grupo siento fuertes calambres y ahí se acaba mi tarea de relevista. Pido relevo con el codo, cual profesional, o Máster, y a rueda hasta meta, en la que entro al sprint superando a mis compañeros pero cediéndole el entrar primero a ella. Hay que ser caballeroso hasta encima de un sillín y vestido de lycra.

Fin de la “misión” y objetivo cumplido: terminar. He sobrevivido a un neutralizado con gente metiendo el codo, subidas repletas de cadáveres, y a varios Master 60 bajadores ultramítico suicidas.

El tiempo es lo de menos, lo importante fue llegar a casa en la sobremesa para los pasteles y el chupito. Lo he pasado bien. Ya soy profeta en mi tierra.

 

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